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11/9/2017 

Psicología. Conflictos con seres queridos y con desconocidos se originan, a menudo, en problemas de comunicación.


Ciudad de Buenos Aires (Argentina).- “Prefiere quedar bien con su familia antes que defenderme a mí. Para afuera es un santo, pero acá no se la juega. Con su madre no discute, con sus amigos un duque. Total, yo siempre estoy y él lo sabe.” Quien reclama y enuncia es una mujer de 40 años, que siente desde hace ya mucho que su esposo no cuida vínculos puertas adentro de su casa. El relato repetido de un malestar que se reproduce durante años.
 
Más allá de las razones de cada quien y cada cual hay sentires, y preguntarnos por ellos es menester para ver cuál es el trofeo en juego. Con nuestros amigos, parejas, compañeros de trabajo, hermanos, con la gente que queremos y con la que no, peleamos, discutimos, algo se nos pone en cuestión y la verdad y la justicia necesitan ser dirimidas. ¿Se trata de verdad y justicia o de otras cosas?
 
- ¿Por qué peleamos?
 
Me animo a decir que si logramos responder esta pregunta cada vez que un conflicto se juega en nuestras cabezas y afuera de ellas tendremos ganadas horas, días, meses y años de calma en nuestras vidas.
 
Lo he dicho varias veces, el mayor porcentaje del sufrimiento humano sucede por lo que ocurre dentro de nuestras cabezas, lo que sucede afuera de ellas lo podemos -en mayor o menor medida- manejar. Pero adentro, un terremoto nos atraviesa con montón de variables de complejidad diversa.
 
Desde que somos bebés nos enojamos, entristecemos, alegramos, celamos, tenemos envidia, y tantas otras emociones, que se ponen en juego en nuestras relaciones más importantes.
 
Cuanto más valioso el vínculo, más congoja o enojo nos provocará el conflicto. En ocasiones nos sorprendemos reaccionando de manera muy intensa cuando ni siquiera sabemos quién es la persona que está enfrente, el “enemigo” es un perfecto desconocido. En estos casos no es el vínculo sino la situación lo que dispara vivencias primarias (identidad, viejas broncas, antiguas frustraciones). Cuanto menos cercana es la persona, más distancia podremos tomar cuando algo no suceda como queremos.
 
La diferencia entre lo ideal y lo posible nos enoja, siempre. Queremos que las cosas sean de una manera, son de otra, y nos provoca malestar.
 
“Tuve un día terrible en el trabajo, mi jefe es insoportable y me tomó de punto. Mi compañera nueva es seguramente su amante porque recién llega ¡y ya tiene todos los privilegios que yo en 10 años en la empresa no logré! Llego, agotada, triste, frustrada y espero que mi marido me reciba con mimos y contención. Ni se enteró de que llegué, fue la frutilla de postre de un día espantoso."
 
Me dice y llora desde su impotencia esta paciente de 35 años, llora e interrumpo su congoja con una pregunta: “¿Le dijiste a tu marido cómo fue tu día, que necesitabas mimos, o llegaste como un día más?" Me mira sorprendida, me acusa con su mirada y refuta, a la defensiva e imaginando una alianza de género entre analista y esposo: "¿Hace falta que le diga, no se puede dar cuenta él?" Y, quizás -le explico-, sería bueno que podamos anticipar algo de lo que necesitamos del otro. Si hubiera existido un mensaje de camino a casa: “Tuve un día terrible, un abrazo es bienvenido”, hubiera facilitado la empatía que no se dio naturalmente, no siempre el otro tiene el tiempo y las habilidades de decodificar lo que necesitamos.
 
Además quizás también él tuvo un día complicado, y muchas veces, muchísimas, los problemas de comunicación generan soledades compartidas. Suponemos, imaginamos, armamos escenas dignas de Hollywood en nuestras cabezas. Nos peleamos, nos amigamos, nos enojamos, sufrimos, todo por el mismo precio, y nada transcurrió en el afuera. Las conversaciones internas son tortuosas, nos provocan sufrimientos estériles, cotejemos rápidamente lo que suponemos que el otro siente/piensa.
 
El tiempo invertido en la rumiación, llevémoslo hacia afuera y pensemos qué queremos comunicar, cómo queremos hacerlo y en el momento adecuado para hacerlo.
 
Si avisamos, si pedimos y no nos dan, podemos reclamar, amorosa, firmemente, o enojados si es que así estamos. Que no es malo el enojo, lo complejo es lo inconducente del malestar cuando es generado por nuestras propias toxinas más allá de lo que afuera sucede.
 
- Prefiero tener paz a tener razón
 
Que sí que no, que esta razón la tengo yo. En los vínculos importantes suelen ponerse en juego trofeos curiosos: el que tiene la razón gana, aunque el costo sea altísimo. Aunque nos desangremos por dentro, la porfía en salir victorioso no suele tener que ver con aquello por lo que discutimos. Es otra cosa, y si lo supiéramos, seguramente dejaríamos de pelear.
 
Suelo poner en mis charlas una serie de imágenes de un libro hindú llamado Zoom. La secuencia comienza con una cresta de gallo que ocupa todo el espacio visual, como su nombre lo indica, la imagen va haciendo zoom para afuera. El gallo en una granja siendo observado por dos pequeños. Unos brazos en la granja dan cuenta que no es lo que parece, ¿será una maqueta? Es una publicidad en una revista, e imagen tras imagen la cresta se va alejando quedando dentro de distintos planos que nos son mostrados. Sólo podemos intuirla, sabemos que estuvo allí pero ya no la vemos. Mamushkas de escenarios, la cresta del gallo termina diluyéndose en un punto pequeño dentro del universo.
 
Cuando algo nos ofusca, entristece, indigna, enoja, irrita o cualquier sentimiento que eso nos genere, es menester poner en perspectiva. Esto que ahora me ocupa todo el espacio mental, ¿tiene tal relevancia realmente o estoy siendo gobernado por otras emociones que no manejo ni distingo?
 
La sal en la mesa que no estaba, los platos que mi hijo no lavó, el pintor que no vino sin aviso, la factura de gas que se venció porque la empresa no mandó nunca el correo… Son estas las cosas que me angustian realmente o tiene que ver con que:
 
- Me siento poco valorado
 
- Me enojo conmigo por no poder con todo (como si alguien pudiera…)
 
- Siento que para mi hijo todo es más importante que lo que a mí me pasa (cosa que tratándose de un adolescente es bien probable que suceda en un punto de crecimiento saludable y poco empático con sus padres)
 
- Percibo que mi pareja no me cuida como necesito
 
Y sigue la lista: sentires universales, desde que salimos del vientre materno, nuestro yo se construye a partir de la presencia del otro.
 
De encuentros y desencuentros está armado nuestro aparato psíquico, de perder y ganar, de sumar y restar. Y es inevitable que necesitemos garantías, presencias firmes, revalidaciones de nuestras virtudes y que nos ayuden a limar y lidiar las debilidades. Pero el camino del crecer está habitado por vericuetos que desconocemos.Tenemos que aprender a luchar contra los no saberes, a navegar el mar de las incertidumbres.
 
En el plano de las relaciones humanas, las huellas que nos quedan de la infancia marcan camino de aquellas cosas que nos conmoverán de grandes. Pero el manejo de emociones y conflictos son los dos valores centrales a la hora de intentar calma y felicidad.
 
- No dar por la discusión más de lo que vale
 
Evitemos las inferencias, cotejemos lo que pensamos /sentimos con el otro preguntando amorosamente. Le daremos al otro la posibilidad de explicar y veremos qué hacemos con lo que nos dice. Escuchemos con ojos abiertos y oídos dispuestos, no esperando la pausa del otro para contraatacar, las relaciones humanas no son un juego de TEG ni de ajedrez.
 
Manejemos la ansiedad que nos provocan las situaciones de tensión, identifiquemos las emociones que nos atraviesan. Espero que hayan visto la película “Intensamente”. Una verdadera maravilla sobre el manejo de las emociones. Alegría, tristeza, temor, ira y desagrado conviven en una suerte de control central en la cabecita de la protagonista, Riley. Sin spoilear demasiado digo: cada vez que la tristeza (en el inglés original Blue) toca algún hecho de la vida de la niña todo se vuelve azul, motivo por el cual la relegan a un rincón en donde le piden que no intervenga. Los sucesos que vive la niña hacen que las demás emociones le den el mando a la tristeza, quien con su cara angelical se hace cargo y ¡abracadabra!, las cosas vuelven a su cauce.
 
Cuando estamos tristes, por ahí tendrán que transitar nuestros días y tocaremos fondo para salir a flote. Reprimir, anestesiar lo que sentimos nos limita, nos discapacita emocionalmente. Es tan sencillo entonces como identificar cuál es nuestra cresta de gallo, cuál es la emoción, cuál el trofeo que queremos ganar en esta discusión en la que se nos va la vida.
 
“Yo voy a ganarle esta batalla a estos ladrones de la administración del consorcio”. Y nos pasamos horas, días y semanas obsesionados por el aumento inconsulto. “¡Hasta las últimas consecuencias y más allá!” ¿Vale la pena? Hagamos el reclamo correspondiente, pero no dejemos horas valiosas en marañas burocráticas, no perdamos nuestro tiempo en ganar batallas en las que no sabemos realmente qué es lo que se está poniendo en juego, el tiempo vale, cada minuto es valioso, y nuestro sufrir, si es en vano es caro.
 
Ya lo decía Shakespeare, en Hamlet: “Pues quien soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza de la ley, la insolencia del poder”.
 
- No soy el ombligo del mundo
 
“No me puede traspasar el guardapolvo, no me puede traspasar el guardapolvo”, repetía como un mantra una angustiada maestra, enojada más bien diría.
 
Un alumno de 13 años, frente a una indicación de la docente de levantar un papel que había arrojado al piso la enfrenta, la increpa.
 
“¿Porque no lo levantas vos? ¡A mí no se me canta...!” Le dice y la mira desafiante, con furia, como diciendo: ¿A ver qué hacés ahora?
 
“Allí recurrí a mi mantra”, me explica Adriana. “El guardapolvo es como un umbral que pone el límite exacto, es mi chaleco antibalas (ríe). Si tomo cada uno de estos incidentes como algo personal no puedo intervenir. Tengo que tener claro que su bronca no es conmigo, él está enojado y pone su bronca sobre mí.”
 
Es lo que se llama disociación instrumental. Para entenderlo fácilmente, es lo que un actor pone en juego a la hora de salir a escena. Puede venir de su casa con una discusión con su esposa sobre sus espaldas, haber discutido con el mecánico de su auto que no entregó el repuesto a tiempo, haberse olvidado la tarjeta para sacar plata del cajero. A la hora de salir a escena, “el show debe continuar”. Actores, profesionales de la salud (imaginemos a un cirujano tembloroso porque su mujer acaba de confirmarle que lo engaña con un residente del hospital, justo en el momento en el que él debe intervenir a un paciente, mejor ni pensarlo), padres, docentes, todos debemos poner en funcionamiento esta herramienta, la disociación al servicio del rol. A medida que crecemos la vamos desarrollando.
 
Adriana siguió durante un rato tratando de que su propia bronca frente al muchacho que la enfrentaba no pase su investidura de rol y función: levantó ella el papel, no recurriendo a las intervenciones tradicionales del tipo de “vas a dirección” o “traé el cuaderno de comunicaciones”. Optó por un camino lateral, más lento pero quizás más fructífero. Esperó unas horas, se acercó con firmeza y afecto, y le preguntó: “¿Ahora se te canta? Dale, cántate algo, dale." El chico la miró sorprendido, no atinó respuesta alguna.
 
Un rato después volvió con la misma tónica: - “Y… ¿Ya tenés ganas de cantar, vos avísame, sí?” A esta altura el muchacho ya esbozó una sonrisa. "Discúlpeme, seño.” La bronca no había pasado el guardapolvo, batalla ganada.
 
Recuerdo el título de un libro que no llegué a terminar de leer, pero la propuesta era interesante: “El arte de amargarse la vida”. Y pensar que mucho de lo que sucede es directamente dirigido a nuestras personas es una buena manera de empezar a amargarse.
 
Si el sol sale, bienvenido; si la lluvia aparece, al mal tiempo buena cara en lo posible; pero los fenómenos meteorológicos no ocurren por nuestra presencia, simplemente suceden. De la misma manera, las conductas de muchas de las personas cercanas no son un presente u ofensa hacia nosotros. Simplemente, a menudo, existen.
 
Las cosas pasan y tenemos que ver qué hacemos con ellas, ni más, ni menos.
 
- Caja de herramientas
 
* Evitemos las inferencias, preguntemos antes de suponer el sentir del otro 
 
* Seamos claros a la hora de comunicar lo que necesitamos del otro, a veces es preferible disminuir el factor sorpresa y dar instrucciones precisas que den cuenta de nuestros estados anímicos.
 
* No autorreferenciemos todas las conductas de los otros, no somos el centro del universo, mal que nos pese.
 
* Pongamos signos de pregunta sobre las certezas, seamos tolerantes, el que no se flexibiliza, se rompe… Permitámonos entonces el privilegio de elegir por qué pelear, con quién hacerlo y cuándo.
 
* Muchos vínculos esenciales diluidos a lo largo del tiempo y cuando nos preguntamos por el origen, el principio del final, la respuesta se nos hace esquiva. Ni nos acordamos, ni sabemos cuál fue la primera piedra de esta montaña que nos aleja hoy de quienes quizás quisiéramos estar cerca. Invirtamos el tiempo valioso de nuestras vidas y administremos nuestras energías y emociones de la mejor manera posible. Libremos las batallas que realmente decidamos pelear, y sobre todo aquellas que nos acerquen un poco más hacia cumplir nuestros sueños.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de: Generación Ni-Ni y coautor de: Padres a la obra.




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